Organizamos la vida según nuestras expectativas. Construimos nuestro presente pensando en el futuro, en el mañana cercano o lejano. Hemos tenido algunas experiencias buenas y malas en el pasado. A medida que maduramos el pasado pesa más en nuestras decisiones y somos más precavidos con nuestros planes para el futuro. Solemos mirar también el pasado y el presente de otros, nos comparamos tanto para vernos mejores como inferiores a ellos. Nos construimos y nos repensamos a cada instante para adaptarnos al azar, al entorno, a las circunstancias y a las relaciones con los demás. Nuestras ideas se expanden o se concentran, las guardamos o las dejamos evolucionar, todo está en continuo movimiento sin poder controlar la dirección exacta. Los caminos se pueden cruzar, separar o no encontrarse nunca. Sin embargo, siempre queda el deseo esperanzado de alcanzar lo que queremos.

Creo que la evolución empieza cuando dejámos de compararnos.
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