Cada objeto que usamos en nuestra casa, en la calle, las herramientas del día a día tanto del pasado como del presente están pensadas según las proporciones del cuerpo humano. Coger un vaso con la mano significa la distancia del dedo anular al pulgar formando un círculo abierto ligeramente, ni demasiado sino el vaso se caería de la mano ni cerrado del todo que forzaría el movimiento de la muñeca y el codo. Construimos todos los elementos de nuestra vida civilizada siguiendo unas proporciones adaptada a cada cultura. Así tenemos diferentes tipos de asientos o mesas dependiendo de si es en occidente que suelen ser sillas que toman el ángulo de 90 º de las rodillas dobladas con referencia al suelo, mientras que en oriente son mucho más bajas o inexistentes por la costumbre de comer de cuclillas o arrodillado en el suelo. Los objetos se adaptan a los límites de cuerpo, y este a los límites de la cultura donde se desarrolla. Cuando cambiamos de cultura hay un tiempo de adaptación, si deseamos realmente hacerlo, para reeducar nuestro cuerpo y mente en la utilización del espacio y sus objetos. La proporción áurea es desde la historia una base para explicar y aplicar en el diseño arquitectónico y objetual, es más, ha intentado concretar incluso cual es el cuerpo perfecto, sus medidas y proporciones que lo acercan a la idea de lo divino, la belleza suprema. Pero que sucede si un individuo no sigue estas directrices, cual es el calificativo al que se enfrenta, existe alguien que realmente tenga estas proporciones y sea perfecto. Los límites del cuerpo son difusos, dependen de si somos capaces de adaptarnos al entorno, las matemáticas pueden tener algunas respuestas pero es la mente y el cuerpo de cada uno los que determinarán estos límites.
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