jueves, 4 de julio de 2013

Máquinas

Es curioso como solemos establecer relaciones afectivas con objetos. Se puede entender hacerlo con otras personas, animales, plantas e incluso insectos, después de todo son seres vivos que de una manera u otra responden a unos estímulos, como el contacto, la voz y los cuidados. Pero cuando esta relación se hace con una máquina, ya sea un coche, una lavadora o una tostadora, si nos detenemos a pensarlo no tiene mucho sentido, o quizás si. Somos seres sentimentales y ligamos nuestros recuerdos a cosas como una camisa que nos pusimos tal día que conocimos a alguien, aquel reloj que me regaló mi padre. De estos objetos inanimados hay un paso a hacerlo con el primer coche que tenemos, hemos escogido y con el que imaginamos viajes. Lo cuidamos, llegamos a humanizar a la máquina que comparte con nosotros nuestros proyectos. Pero en realidad solo es una herramienta más que utilizamos, al igual que un lápiz o un mechero, aunque a un coche podemos llegar a hablarle, también a una tostadora que no suelta las tostadas. Les hablamos como si esperáramos respuestas pero nos moriríamos del susto si lo hicieran. Hay ingenieros soñadores que trabajan para crear androides, máquinas que se muevan, reaccionen y se comporten como humanos artificiales, también hay mucha literatura y cine que especula con un futuro donde humanos y robots convivan o se enfrenten. Por una parte queremos que esa máquinas que construimos con piezas sueltas, cobren vida, por otra, nos da miedo perder el control, ya que conocemos la vida con sus cambios bruscos y azarosos. El Dr. Frankenstein de Mary Shelley crea a una criatura de materia inerte por la necesidad de demostrar que puede crear vida pero la criatura que surge no puede controlar sus emociones quiere ser amado, al no ser correspondido mata, convierte la vida en muerte. Sabemos la dificultad de controlar los sentimientos, las emociones. Tememos que esos seres que creamos a nuestra semejanza, sean nuestro propio reflejo aumentado para lo bueno y lo malo. En la ficción los hacemos más listos o más tontos que nosotros, para crear enemigos o amigos, según convenga. En realidad son nuestros propios fantasmas y monstruos ocultos tras las palabras noveladas. Por eso cada vez que el ordenador se bloquea o no se pone en marcha le rogamos, nos enfadamos verbalmente por si nos escucha.




No hay comentarios:

Publicar un comentario