Cuando nace un niño Haida se le da el nombre de un
antepasado fallecido de su clan, o de su abuelo paterno, ya que se cree que el
alma se ha reencarnado en el bebé, después en potlatch de construcción de sus
padres recibe otros nombres honorarios. Durante su vida recibirá nombres
heredados de sus antecesores, los que asume en sus propios potlach y los que recibe como regalo de otros jefes. Por
tanto, los nombres están ligados a los
títulos, al prestigio social y político del jefe, y este se escribe en el poste
totémico. Si todos estos nombres representan a un individuo, que sucedería si
cada uno de ellos tuviera su propia vida, que no fuera sabido, por parte de los
demás, que se trata de una única persona. ¿Se dividiría el prestigio y el poder en fracciones?
¿Tendrían el mismo peso simbólico por igual las distintas personalidades?
Conocemos ha muchos escritores a lo largo de la historia que han utilizado
heterónimos, aunque acaban siendo conocidos con uno solo de sus nombres. Mutilamos
así la diversidad por la unidad. Necesitamos alzar el poste totémico de cada
individuo y concretarlo con un nombre, con unas acciones, sino solo son nombres
anónimos, vacíos de significado y eso es algo que nos asusta socialmente.
Vivimos del tótem que construimos sino no existimos, o quizás sí, con libertad.

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