sábado, 4 de mayo de 2013

Literatura

Leer un libro es una acción interna, personal e intransferible. También puede ser física según el tamaño del libro, o al menos hasta que llegaron las pequeñas pantallas de ordenadores portátiles con mil títulos en su memoria. Los libros los hay de muchos temas y estilos los hay para aprender, informarse o entretenerse. Esto últimos, las llamadas novelas, se clasifican por géneros y así podríamos seguir hablando de lo que es en definitiva el negocio editorial.
Compramos libros, regalamos libros, aunque no estemos seguros de los gustos de la otra persona y acabamos escogiendo el que nos gustaría a nosotros. También prestamos libros, pero si es uno que nos interesa especialmente buscamos la manera de no hacerlo, o nos los dejan, a  veces aunque no queramos.
Podemos ir a la biblioteca y llevarnos por un días algunos libros, pero casi siempre llega el día de devolverlos y todavía no los hemos empezado. Leemos realmente o nuestro Diógenes interno nos hace acaparar libros que no leeremos nunca. También podemos liberar libros y seguir su recorrido a través de sus otros lectores. Pero en todo esto, dónde está la emoción y la imaginación que nos proporciona la palabra escrita. Quizás se ha perdido con la masificación, las listas de autores imprescindibles, las firmas, la prisa, etc.  y no seamos capaces de leer un libro consistente, no pesado, que necesite ser releído y degustado sin tiempo límite.




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