Compramos libros, regalamos libros, aunque no estemos seguros de los gustos de la otra persona y acabamos escogiendo el que nos gustaría a nosotros. También prestamos libros, pero si es uno que nos interesa especialmente buscamos la manera de no hacerlo, o nos los dejan, a veces aunque no queramos.
Podemos ir a la biblioteca y llevarnos por un días algunos libros, pero casi siempre llega el día de devolverlos y todavía no los hemos empezado. Leemos realmente o nuestro Diógenes interno nos hace acaparar libros que no leeremos nunca. También podemos liberar libros y seguir su recorrido a través de sus otros lectores. Pero en todo esto, dónde está la emoción y la imaginación que nos proporciona la palabra escrita. Quizás se ha perdido con la masificación, las listas de autores imprescindibles, las firmas, la prisa, etc. y no seamos capaces de leer un libro consistente, no pesado, que necesite ser releído y degustado sin tiempo límite.
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